Publicado en "El Debate de hoy" el martes 29 de Agosto de 2017
La
guerra de Afganistán, el conflicto que no cesa . EE.UU. llevará a
cabo la solución final
29 Agosto, 2017
La guerra de Afganistán hunde sus raíces en el repartición de las colonias tras la Segunda Guerra Mundial. Es un conflicto entre potencias del que surgieron grupos extremistas musulmanes que dieron lugar al régimen talibán y a Al Qaeda. Estados Unidos está decidido a neutralizar al enemigo, a poner en marcha la solución final.
Una
guerra no termina hasta que uno de los contendientes es absolutamente
neutralizado, derrotado, desarmado y vencido,
con todas sus consecuencias, como la eliminación de su armamento,
apresamiento de líderes y, en una palabra, sin ninguna posibilidad
de reactivarse. Aquí no existe el empate, unos ganan y otros pierden
y quien gana se asegura el dominio absoluto sobre los vencidos. Así
terminan todas las guerras, con un bando que gana y otro que pierde.
La paz, cuando se establece por pactos, cuando
supone la rendición de una de las partes y se llega a un acuerdo que
no se alcanzó cuando la guerra era evitable, no es más que un
aplazamiento de la solución final.
Las guerras,
todas, deberían poderse evitar, son como la cirugía a la medicina,
el último recurso ante un conflicto entre dos partes, conflicto
grave que no ha logrado solventarse por la vía diplomática o de
negociación. Es la
enfermedad grave que no responde al tratamiento y requiere una
intervención quirúrgica, traumática,
arriesgada, a vida o muerte.
La
guerra de Indochina, colonia francesa, fue el precedente de la guerra
de Vietnam. Su
final no supuso sino la salida de los franceses de su colonia
asiática, no el final del conflicto.
Los Estados
Unidos de Norteamérica nos ha ayudado a los europeos a ganar dos
guerras mundiales, mejor dicho, europeas con repercusión mundial,
con un coste en vidas humanas de más de medio millón de soldados.
Los Estados Unidos
han intervenido en numerosas guerras y, a pesar de su portentosa
maquinaria bélica, no todo han sido victorias, como la guerra de
Vietnam (1959-1975),
de donde salieron sus últimos efectivos huyendo de los ataques del
Vietcong, y sus diplomáticos y dirigentes de Vietnam del Sur
embarcando en helicópteros desde las azoteas de su embajada.
Las guerras más
modernas, las
guerras del siglo XXI, han evolucionado a la guerra de guerrillas, al
sabotaje, al ataque puntual y por sorpresa
a posiciones enemigas o elementos civiles (terrorismo). Ya no sirven
las tácticas militares clásicas que daban la victoria a la mayor
potencia militar, al ejercito mejor dotado y entrenado. En Vietnam ya
no fue así, ni en Iraq, ni en ninguna de las guerras actuales. El
terrorismo ejecutado por grupos musulmanes en todas sus variedades no
es más que una
evolución de la
guerra que los más débiles emplean ante la imposibilidad de
alcanzar una victoria por un enfrentamiento directo
entre fuerzas armadas absolutamente descompensadas.
Los Estados artificiales
Los Estados
artificiales, de fronteras trazadas con tiralíneas por las potencias
occidentales vencedoras tras la Segunda Guerra Mundial, incluida la
creación del Estado de Israel en 1947 por las Naciones Unidas, da
lugar, de inmediato, a la primera guerra Árabe-Israelí en 1948,
es decir, el nuevo Estado israelí, al año siguiente de su creación,
sufrió el primer intento de invasión árabe.
Muchas de la
guerras entre Kurdos y Turcos, Chiitas (facción minoritaria dentro
del mundo musulmán) y Sunitas, Árabes e Israelitas permanecen en el
tiempo sin que se vislumbre un final de paz. Similar es la eterna
guerra de Afganistán. Las
diputas británico-rusas, los conflictos fronterizos con Irán y
Pakistán, las
disputas dinásticas y políticas han hecho de Afganistán una zona
inestable política y militarmente.
La explotación de sus abundantes riquezas energéticas, tras la
salida de los británicos, fue concedida a empresas norteamericanas a
cambio de su ayuda para el desarrollo de las zonas rurales del país.
Los terroristas de Las Ramblas son soldados de una causa
La guerra de cada uno contra su vecino es constitutiva del Islam desde sus orígenes. Lo incompatible con la democracia no son los yihadistas, sino la ortodoxia islámica. El único cambio posible es que la modernidad penetre en el Corán, lo dulcifique y contextualice.
Las diputas
territoriales con Pakistán a causa de la línea Durand, habitada por
pashtunes, asignada por los británicos a Pakistán y apoyada por los
Estados Unidos, hizo
cambiar la alianza de Afganistán, decantándose por la Unión
Soviética, a la
que pidieron ayuda militar, económica y diplomática para el
conflicto del Pashtunistán.
La ayuda
soviética se hizo cada vez más patente y, en consecuencia, la
presencia de los rusos en el país, el intercambio de estudiantes y
la influencia en la juventud afgana,
hasta la presencia en el panorama político de partidos marxistas. La
libertad de prensa instaurada fue aprovechada por los soviéticos
para el adoctrinamiento de los jóvenes. Todo acompañado de la ayuda
económica y militar, de la construcción de infraestructuras
y del desarrollo de las zonas más deprimidas.
El deterioro de la situación política
El secuestro y
asesinato del embajador norteamericano en Kabul, Adolph
Dubs, hace
intervenir a los Estados Unidos con una dura Nota Diplomática contra
la Unión Soviética. Es el inicio
de una etapa de inestabilidad política propiciada por la aparición
de grupos de izquierda radical. Se suceden los golpes de Estado
y la revueltas de los musulmanes más radicales,
lo que propicia que los soldados soviéticos, “instructores” del
ejercito afgano, se conviertan de hecho en una parte beligerante con
más de 80.000 efectivos en territorio afgano a finales de 1979,
sobrepasando los 100.000 en poco tiempo.
Estados Unidos,
fundamentalmente, y las Naciones Unidas castigan a la Unión
Soviética con boicots comerciales y los
americanos dan un paso más armando a los soldados pakistaníes, que
a su vez apoyan a los extremistas musulmanes en Afganistán.
Entre los insurgentes afganos, el grupo más fuerte y más puramente
islámico, Jakarat Enguelab Islami, cuenta entre sus componentes con
abundantes mullahs
(sacerdotes islámicos), muy unidos a la organización integrista
“Hermanos Musulmanes”, que agrupa a los fundamentalistas del
mundo islámico.
El 14 de
febrero de 1989, el Ejército Soviético se retira formalmente de
Afganistán, dejando al país sumido en una terrible guerra civil,
con facciones rebeldes radicalizadas y todavía con ayuda militar
occidental, especialmente de los Estados Unidos. Mas de 15.000
soldados soviéticos habían perdido la vida en esta guerra,
denominada por muchos como el “Vietnam de Rusia”.
Talibanes-Al Qaeda
En 1994,
aparece por primera vez el grupo insurgente de los Talibanes,
que se convertiría, en poco tiempo, en el más fuerte de los que
luchaban contra el ejercito regular afgano. Destruyen monumentos y
dictan leyes de carácter integrista, dominando la política afgana.
Los bombardeos
norteamericanos acaban con el
régimen de los Talibanes, que pasan a constituirse en guerrillas.
En 2001, tras el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York del
11 de septiembre, los Estados Unidos y sus aliados invaden Afganistán
para derrotar a la organización paramilitar Al-Qaeda, responsable de
los atentados.
La globalización de la inteligencia
El atentado de Barcelona ha supuesto un nuevo golpe del yihadismo a Occidente. Si queremos ser eficaces en la prevención y lucha contra el terrorismo, se hace imprescindible una globalización de la Inteligencia.
Varios países
occidentales envían tropas a Afganistán, amparados por el mandato
de la ONU para luchar contra los Talibanes, que en su locura
destructora han arrasado una gran riqueza monumental que poseía el
país. 100 militares
españoles han dado su vida en Afganistán y mas de 2.000
norteamericanos; sin embargo, los atentados de los radicales
islámicos se siguen produciendo y
la estabilización y la paz en Afganistán están muy lejos de ser
una realidad.
Situación actual
Desde 2014, la
reducción de tropas occidentales ha sido muy importante. El
presidente norteamericano Donald
Trump, antes de su
elección, había prometido la retirada total de sus tropas de
Afganistán; sin embargo, en sus propias palabras, pronunciadas en
Fort Myer, cerca de Washington, muy recientemente, reconoce
que su idea de una retirada total de Afganistán donde apenas quedan
ya 8.500 norteamericanos de una fuerza multinacional de no más de
3.500 efectivos, cuando habían llegado a sobrepasar los 100.000, no
era realizable: “Las
decisiones son muy diferentes cuando uno está en el despacho
oval”. Se
habla de forma no oficial de 3.900 hombres más y seguramente pedirá
a los aliados que incrementen el numero de soldados destacados en el
país.
Es decir,
volvemos a la
situación de 2001, con un previsible aumento de efectivos militares
norteamericanos y aliados occidentales. Los Talibanes continúan
masacrando a la población civil afgana, a sus cuerpos de seguridad y
al ejército (que
está siendo adiestrado por ejércitos occidentales como el nuestro)
y siguen refugiados en las montañas, en zonas inaccesibles donde ni
siquiera los bombardeos hacen mella. Las amenazas de los talibanes a
los norteamericanos no se han hecho esperar: “Mientras
haya un solo soldado norteamericano en suelo afgano, continuaremos
nuestra yihad. Afaganistán será el cementerio de esos soldados”.

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